lunes, 15 de febrero de 2010

Diario de a bordo: Día 1

El barco pirata rompe las aguas en su avance inexorable. Es pequeño, muy pequeño en comparación con la inmensidad del desierto azul y blanco que lo rodea, un aventurero perdido y solo en un océano inmenso y poderoso que hubiese podido tragárselo entero con un mero bostezo de sus fauces submarinas. Y sin embargo, ahí está, navegando hacia un destino incierto, fraguando sus propias rutas a cada instante. La cegadora luz del amanecer tiñe sus velas, henchidas de poniente, del dorado más puro. El bauprés, orgulloso, se hunde en la gelidez de la niebla matinal, anunciando la llegada del buque al que precede. Y en el costado de proa, escrito con el filo de un cuchillo, se lee un nombre.

El SkyCastle.

Muy arriba, en lo más alto del palo mayor, una pequeña criatura cuelga bocabajo, como un murciélago, haciendo juegos malabares con manzanas. Se ha instalado en la cofia del vigía, y allí ha tendido un camastro, insensible al terrible frío de la madrugada en alta mar. Cuando quiere, camina de cabo a cabo con la agilidad de un mono, moviéndose entre los aparejos como si estuviese en tierra firme. Desde luego, no es un ser humano. Su piel es de un repulsivo color verde, y en su cara aplastada brillan dos ojos amarillos que brillan con la malvada inocencia de un niño travieso demasiado listo para su edad. Dos grandes orejas puntiagudas se extienden desde los costados de su rostro, bajo un cabello negro como el azabache, pero sucio y ensortijado, que cae largo y enredado en una coleta desmadejada. Desatendiendo su condición de vigía, el extraño duende mira las manzanas y sonríe, entretenido por su juego. Tras su sonrisa, docenas de dientecillos, pequeños y afilados como minúsculos puñales, susurran su amenaza de blanco marfil.

En la cubierta, sobre el castillo de popa, un segundo tripulante bosteza soñoliento. Ha pasado la noche en vela, rodeado de complicados astrolabios, sextantes, telescopios y mapas de la bóveda celeste, que aún le hacen compañía, inútiles ahora ante la mirada atenta de un sol tan luminoso que oculta la maravilla del firmamento. Es un hombre de cabello entrecano, en cuyo rostro se comienza a dibujar una intrincada red de finas arrugas que enmarca los rasgos de un semblante que ha palidecido tras largos años de evitar la luz del día para poder estudiar las estrellas. Sus ojos grises comienzan a entrecerrarse, incapaces de mantenerse abiertos por más tiempo, mientras su propietario se afana en recoger todos sus instrumentos con infinito cuidado, con un cariño paternal que le resulta difícil sentir por otro ser humano.

Pero es más allá de los tablones de cubierta, en el interior de los camarotes, donde está ahora la figura que capitanea el barco. Enfundado en una casaca, con el cabello y la barba descuidados y enfermos de salitre, el capitán pirata moja su fiel pluma en el tintero. Ante él se encuentra el desafío que siempre lo ha aterrado, un viejo libro de páginas blancas, vírgenes, esperando las dulces caricias del estilete entintado. Toma entre sus dedos el colgante que siempre lleva al cuello, su amuleto personal, y finalmente se decide. La primera palabra, se dice, es siempre la más difícil.

Diario de a bordo: Día 1

Tiempo ha desde que descubrí que yo mismo era, en realidad, tres almas distintas, cuyos actos se entrelazaban de un modo que todavía no acabo de comprender. No espero que un futuro lector comprenda ésto mejor de lo que yo mismo lo hago, pero debo ponerlo por escrito, y poder leerlo, para asegurarme de que no he perdido la cabeza: lo que yo era se dividió, de algún modo, en tres criaturas diferentes, con nombres diferentes, con aspectos diferentes. Y ante todo, con personalidades dramáticamente diferentes. Cómo esas tres criaturas pudimos convivir durante tanto tiempo en un mismo corazón es algo que se me escapa, pero ahora somos independientes, somos libres. Y pese a todo, necesitamos seguir juntos.

De hoy en adelante escribiré en este diario de a bordo todo lo que nos ocurra a nosotros, tríada, alma dividida, lo que quiera Cristo que seamos, para que quede siempre constancia de ello. Porque pretendemos que este viaje dure siempre, navegando entre puerto desconocido y puerto desconocido, rumbo a las mismas puertas de lo infinito. Porque solo hay una facultad que nos une, solo un aspecto se asemeja en nosotros.

Los tres queremos saber qué se oculta al otro lado del horizonte.


Capitán Neill Rackliffe, a día quince de Febrero de 2010



4 navegantes opinan:

Indy dijo...

¡Capitán, mi capitán! ¡Se presenta su contramaestre, lista para cualquier eventualidad!

Me alegra que por fin el Skycastle haya salido del puerto. Eso sí, va a haber que adecentar este navío, que le faltan muchas cosas.

De momento, avancemos hacia el horizonte, en busca de nuevos mundos ^^

Tomás dijo...

Su presencia es siempre un placer, señorita contramaestre.

Me alegra ver que ha llevado a cabo con admirable presteza los arreglos y reparaciones que el SkyCastle necesitaba. Debo felicitarla. De nuestro próximo botín, recibirá parte doble.

Muchas gracias, pequeña ^^

Isiriel dijo...

Bienvenido a bordo n_n

Me gusta la reforma de Indy del blog xD Ah, y el dibujo. Dibujas muy bien o_o

PD: Te agrego a aliados y tal xD

Tomás dijo...

Gracias por la bienvenida, señorita Isiriel.

Gracias por el cumplido, aunque no es cierto. Ojalá supiese dibujar bien. Oh, y me siento enormemente honrado de que me considere usted su aliado U_U

Me pasaré por su blog con frecuencia, para comentar ^^